viernes, 12 de febrero de 2010

El Anciano: "Lágrima y sonrisa. Atadura 1"

Viendo el atardecer… costumbre que hoy se embadurnó de nostalgia.
Sentado yo al costado del anciano, con nuestros ojos reflejando el horizonte turbio cuando el sol, antes de terminar de pestañar, daba su despedida para reencontrarnos en un siguiente día. Mi sorpresa fue al ver una lágrima bajando por su mejilla la que fue variando su rumbo al encuentro con su sonrisa.
…Él no se encontraba triste, por el contrario, parecía muy satisfecho…

Viento… agradable y tan frecuente nos daba suavemente, sólo con la fuerza necesaria para movernos un poco el pelo y sentir ese frío que no llega al punto de congelarnos. Yo, intrigado ante aquella lágrima fugitiva.

“Hace mucho tiempo atrás,… con la dulzura del primer amor, y con esa misma dulzura con la que volamos sobre nubes similares a este atardecer, desplegándonos entre matices naranjas y azules, en mantos de juramentos y deseos, en expresiones para que todo sea eterno... con nuestra fascinación aventurera que de inocencia vivía.” Me dijo mientras su rostro continuaba dando la despedida a aquel gigante de luz, y luego del breve silencio continúo.

“Su despedida fue repentina, su marcha para volar sola a sus siguientes travesías, lugares a los que yo todavía no debía pasar. Aún la veía en sueños, aún la sentía junto a mí andar y aún creía que la podía tocar…” Dijo tranquilo y con un ligero jolgorio continuó “Su astral me abrazaba y me arrullaba”, con una ligera pena prosiguió “Sentirla, a veces me alegraba pero por lo general era lo contrario, mis noches eran tristes y muy desoladas, mis llantos eran el canto nocturno que me acurrucaba bajo el brillo de la luna… y sin querer… fui produciendo lo mismo en ella…”

“Mi pequeño amigo, ten cuidado con las ataduras que tengas. Alégrate que todo tiene su continuación y a la siguiente verás porque me siento feliz, pero por ahora me retiro a descansar.”

Se levanto dando un gran bostezo y estirando sus brazos, luego bajo un brazo para frotarme la cabeza en muestra de afecto y diciendo “Ya nos vemos” pasó a entrar a su casa acompañándose del rechinar de sus maderas mientras caminaba. Yo me quede un rato sentado, viendo el cielo cada vez más oscuro y estrellado, sintiendo el viento cada vez más como un cómplice respaldándome rumbo a mi casa, escoltando mi inquietud frente a la historia esperando que continuara… el siguiente día.


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